martes, 2 de febrero de 2021

Madurez del poeta y Cada uno echa a andar, dos poemas de Elizabeth Azcona Cranwell (Buenos Aires, 1933 - 2004)…:




Madurez del poeta

 

El ruido oscuro de las maneras y los días

corrompe al agua azul de tu afán por vivir

paseado entre los libros y los viejos amores:

audacia y soledad,

nudo primario que te encadena a las palabras.

 

La noche no se soborna ante tus frases,

creaste tu maqueta de la luna con vocales sombrías

y consonantes lacias como búhos de invierno.

 

Sigues amando el día que celebra las vísperas,

ese letargo de las hojas es una cópula del sol

gallo rey siempre joven repitiendo sin pausa sus rituales.

Nadie cuenta versiones más libres de la luz.

 

¿Dónde se hundió el camino, dónde perdiste tu graal,

el cáliz soberano de la revelación, el vino de tu alma?

 

Nadie es culpable de las mutaciones,

de que tu asombro se desdoble ahora en oficio y poema

que alguien lee inventando algún rayo de belleza

de tu voz a sus ojos.

 

Has ensayado la resurrección

en las pequeñas muertes que encanecen tu voz y tus intentos.

Y tu vuelta es la antorcha de nieve encendida

con su pálida llama que convierte en penumbra

lo que era oscuridad.

 

Muy dentro de tu oficio

donde una lumbre mínima perdura.

 

a Alberto Girri



Cada uno echa a andar

 

Y caduca la fiesta

antes de que los pétalos se apaguen.

Y será combatido el signo de la celebración

cuando la claridad desdeñosa recobre

los restos del convite.

 

La noche ha muerto, el alba muere.

En la lumbre sobrevive un rescoldo

que arma su iridiscencia con dos copas volcadas.

El mantel se confunde con las calas marchitas

con despojos de plateadas almendras

junto a claveles, entre gotas verdosas.

Las velas extinguidas

vuelven agrio el olor de los muebles

fatigados de presencias y cantos.

 

Cada uno echa a nadar

partiendo desde su propia noche.

El vino del final es desolado

y recuerda los pálidos coloquios

entre la luz que cae despierta en la memoria

y los lacios fantasmas que se escapan.

 

El camino y la tierra

se hacen culpables en la herida del sol.

El huésped se enceguece

ya no vale su brindis con la última estrella

para que respetuosamente le ilumine los pasos.

 

De Elizabeth Azcona Cranwell El mandato (1985. Buenos Aires: Torres Agüero Editor. )




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